CEIT-Solidario

En nuestra filosofía de trabajo predomina mucho la «h» del corazón (heart) y por ello no dejamos de pensar que al final, todo lo que generamos como profesionales debe revertir en la población más necesitada. Son muchas las ideas que durante los últimos años nos van surgiendo y es cierto que poco es el tiempo para llevarlas a cabo, pero aún así hemos intentado tener actuaciones, que aunque puntuales, siempre han significado  un gran impulso emocional para nosotros.

Nuestra idea es crear un proyecto más grande, más colaborativo y que no quede en actuaciones puntuales, y esperamos que en un plazo de tiempo no muy largo podamos dar forma definitiva que nos ronda la cabeza e informaros detalladamente de ello.

Por el momento, a continuación os dejamos con un emotivo vídeo de nuestra experiencia en Ruanda (África) en el año 2013. Un vídeo que realizamos para el Congreso de Estudiantes de Fisioterapia del 2013, resumiendo una parte de la actividad realizada como fisioterapeutas y mostrando también la motivación que supuso estar allí . Por ello, además del vídeo, más abajo os dejamos también con una reflexión extraída desde la raíz de esa «h» llamada corazón.

Un país en el corazón de un continente maltratado.
Un color sobre la piel que aún hay quienes creen que marca la diferencia.
Un joven que padece una enfermedad neurológica y que lucha a diario, con más tenacidad que cualquier “hombre de hierro” cosmopolita, por sobrevivir en un ambiente duro, sin oportunidades, y que cuando se cruza con ese blanquito que simplemente le ayudó un día a hacer sus ejercicios, no tiene más luz en sus ojos que el de agradecimiento.
Una niña que nadie sabe por qué sus articulaciones se quejan y se anquilosan, pero que se siente la persona más especial del Mundo (incluido aquí los mal llamados primer, segundo y tercer mundo) sólo porque le dedicas un rato cada día a enseñarle a usar de nuevo esa mano olvidada.
Otra niña condenada a vivir su infancia con un cerebro parcialmente paralizado, pero que aún puede enseñarnos cómo reír, cómo dar palmas, y cómo abrazar, haciendo “derretir” hasta al tipo más arisco y soso. Una madre (una buena madre) que no se rinde ante la aparentemente inevitable condena de su hijo y que lucha por ayudarle a que sea algo más autosuficiente y feliz en ese mundo hostil.
Unos profesionales de fisioterapia ávidos por aprender de un blanco que se sorprenden cuando descubren cuánto tienen que enseñar ellos también a ese blanco.
Unos niños hospitalizados que son capaces de olvidar sus dolores con sólo dedicarle diariamente unas sonrisas… y “hacer piña” con ellos como si de un equipo de fútbol de super-estrellas se tratase.
Otros niños que enseñan el valor de la inocencia y la pureza demostrando que no necesitamos ningún parque de atracciones para emborracharnos de vida y de risas, y que se deleitan con ello dándote el privilegio de ser espectador en su jolgorio.
Unos niños a los que lo que más les ilusiona cada tarde es cruzarse con esos blancos que salen a correr entre los poblados porque lo único que quieren es correr a su lado, pese a que los blancos calcen unas zapatillas que valen lo que sus padres ganan en casi un año y ellos, en el mejor de los casos, unas sandalias destrozadas. Otros niños que posiblemente nunca se han visto en una imagen, y que se entusiasman y desbordan alegría (y sonrisas) cuando se observan en la pequeña pantalla de un móvil de esos que dicen inteligente, y que sin saberlo te enseñan a que “museke” es mucho más que una palabra ruandesa.
Niños bailando danzas de agradecimiento por darles algo que nosotros normalmente no apreciamos: nuestro tiempo con los que lo necesitan.
Y miradas. Mil y una miradas que surgen de las cunetas de esas carreteras por las que un emocionado grupo de blancos circulan en coche. Miradas que dicen mucho, pero que esperan más. Miradas que te esperan a ti, a tus proyectos, a tus ilusiones, y que sueñan que entre esas ilusiones esté lograr que el lugar donde se nace, la religión o el color de piel, no sean la diferencia para tener una vida mejor o peor. En definitiva, una mirada que sólo desea que la miremos de igual a igual, sin creernos superiores ni mejores y sin finalmente tener que apartarnos para atenernos a eso que tanto nos gusta de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Algo en lo que podremos escudarnos o escondernos, pero que no nos salvará de esa mirada que continuará allí esperando a que seamos lo suficientemente valientes para movernos no sólo por nuestro bienestar, no solo por nuestro beneficio propio.

Y es que, aunque cerremos los ojos, la mirada de África seguirá ahí, fijamente sobre nosotros esperando una respuesta (aunque sea tardía) y con la paciencia inequívoca de un niño que espera su merecida ración diaria de sonrisas… pese a que muchas veces para ello sólo necesite poder llenar su estómago con un esquivo plato de comida.

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